ADVOCACIÓN PASO E IMAGEN
 
Llevar a cabo la descripción del paso titular de la Cofradía de Animas puede llegar a convertirse en tarea ardua, debido a la complejidad de su concepción.
Realmente, si observásemos la imagen del titular por un lado y la del trono por otro, sólo alcanzaríamos a vislumbrar sesgadamente aquello que pretenden significar, que no es otra cosa que la apertura de las puertas de los infiernos por parte de Cristo, y que sólo puede llegar a ser comprendida si ambas partes se unen en un conjunto sin solución de continuidad. Es aquí donde surge la gran innovación que esta Cofradía de Animas propone para solucionar adecuadamente la transmisión de su catequesis, que no tiene parangón en el resto de la expresión procesional de España.
No sólo introducimos una nueva advocación por primera vez en el universo de la imaginería pasionaria (Cristo abriendo las puertas de los infiernos) sino que proponemos para su desarrollo una lectura integral e indisoluble de la imagen y el trono, sin la que podríamos entender en su justa dimensión todo lo que esta advocación encierra en sí misma. Sería una lectura llevada a cabo en vertical, desde la base del paso hasta la cúspide del mismo, ocupando cada elemento un lugar adecuado, no aleatorio, alcanzando una suerte de iconografía toda ella tradicional y respetuosa con el arte de la imaginería, pero a la vez reactualizada y renovada desde la raíz bajo el prisma de una nueva concepción teológica que le confiere un carácter único y genuino, atributos que van a hacer de esta nueva concepción un hito pionero dentro de las composiciones ideadas en el marco de la historia en el arte pasionario.
Una vez hecho este pequeño preámbulo, comenzaremos a describir los distintos elementos que configuran este paso que se nos presenta tan novedoso en su concepción:
Antes diremos que, debido al Concilio Vaticano II, la refundación de la Cofradía de Animas que desde la Edad Media había existido en la ciudad de Cieza, no podría adoptar los contenidos teológicos que le eran propios desde antaño, por lo que fue necesario el buscar otros hilos teologales que pudieran sustituir a aquellos y que estuviesen vigentes en el seno de la Iglesia actual.
Pensando, se llegó a la conclusión de que el articulo del Credo en donde se medita el Descenso a los Infiernos por parte de Cristo tras su Muerte y antes de su Resurrección era el más indicado para reactualizar esta vieja advocación de Animas, ya que era el mismísimo Cristo el que iba en busca de las almas que esperaban la Redención del Mesías en el seno de Abraham.
Una labor que le vino encima al escultor-imaginero murciano D. José Antonio Hernández Navarro, elegido por su gran capacidad artística, tantas veces contrastada por nosotros a lo largo de su carrera, para desarrollar la obra. Es así como llega a proponer este escultor, sobre ideas aportadas por la Cofradía, un modelo cristífero desarrollado por la imaginería barroca española, inspirado a su vez en modelos previos de la escultura religiosa renacentista. Concibe el artista la imagen de un Cristo llagado, que ha experimentado dramáticamente en sus carnes la Pasión y Muerte en Cruz, tras la que ha recibido sepultura. Es aquí donde comienza el Descenso a los Infiernos confesado en nuestro Credo, un descenso al Reino de la Muerte, entendida esta como espacio donde el hombre no está en presencia de Dios. Es Cristo, entonces, el que en su sepultura va a reunirse con todos los muertos por causa del pecado. Él, que estaba limpio de todo pecado, asumió la muerte para que los que estaban muertos viviesen.
Cristo desciende a los infiernos, al sepulcro de la muerte, de una manera activa, razón por la que nos lo encontramos en una posición erguida y actitud de bajada (carácter novedoso interpretado por el escultor), presentando como única llave capaz de abrir las puertas de los infiernos LA CRUZ, que se yergue majestuosa como signo de la aceptación de la Voluntad de Dios Padre.
Descubrimos esta Cruz que presenta Cristo abrazada conteniendo aún los estigmas de sus llagas, llagas de sangre que desciende en regueros hasta bañar ese cráneo pelado y estéril que encontramos en su base y que simboliza la corrupción que sufre todo hombre en el sepulcro. Este cráneo que es el mismísimo Adán, primer muerto por el pecado y que, al mismo tiempo, quiere ser todos y cada uno de los que sufrieron, sufren y sufrirán la muerte. Es este signo el que manifiesta de una manera más peculiar el poder redentor de la Sangre de Cristo. Sangre que fue derramada por nosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados, tal y como Él mismo lo anunció a sus discípulos en la Santa Cena.
Por ultimo, observamos como la figura de Cristo extiende su mano hacia abajo, para acoger consigo a aquellos muertos que estaban esperando en el seno de Abraham la venida del Mesías. Convirtiéndose este momento en la primicia de la Redención, en la inauguración del Cielo, entendido como presencia de Dios. Prólogo de la Resurrección gloriosa de Cristo, sirviendo su Pasión no sólo a los que fueron sus testigos y que después se ocuparían de testimoniarlo hasta nuestros días, sino a todos aquellos que no pudieron conocerle por haber muerto antes de su venida. Erigiéndose Cristo de esta manera en el Señor de la Vida y la Muerte, nuestra Esperanza y Salvación.
Aunque ya de por sí la nueva concepción teológica del titular supone una novedad inmensa en el panorama de la imaginería, la fuerza significativa que éste debería ejercer entre aquellas personas que lo contemplasen se vería debilitada si no formase parte de un conjunto iconográfico más amplio que apostillase su advocación. Evidentemente nos estamos refiriendo al trono que sirve de cimiento a la imagen y que le va a dotar de una mayor significación, llegando a conformar ambos elementos una unidad indisoluble de comprensión para el observador. Siendo también una dura labor que será desarrollada por el tallista murciano afincado en Madrid, D. Antonio Soriano Talavera, sobre idea original de un cofrade.
El trono está ideado de tal forma que viene a representar la historia del pecado del hombre y cómo ésta a sido la causante del sufrimiento, muerte e infierno del mismo. Ofrece así en su parte frontal la primera escena en donde visualizamos la expulsión de nuestros primeros padres del Paraíso terrenal, presidiendo la parte central el Arbol de la Ciencia, del Bien y del Mal que se muestra como Altar y Trono del Demonio, al que podemos observar en actitud triunfante frente al hombre que sin Dios nada puede oponer a su influjo maligno. Será este Arbol el que le dé continuidad al conjunto del trono, ya que toda su base estará recorrida por las raíces del mismo y sus ramas harán lo mismo por la parte superior, simbolizando así cómo el Señor de la Muerte ha extendido su poder a lo largo de la historia del hombre, haciéndola paralela a la de la muerte. En ambos laterales del trono seguimos viendo la representación de la historia del pecado, concretamente cuatro de los narrados en el Génesis: la muerte de Abel a manos de Caín, El Diluvio Universal, La Torre de Babel y La Adoración del Becerro de Oro. Por último, en la parte posterior apreciamos otra escena referente a Los cuatro Jinetes de los que habla el Apocalipsis: El Hambre, La Guerra, La Enfermedad (peste) y la Muerte, que son el contrapunto justo y última consecuencia del pecado del hombre, (si en el frontal veíamos el origen del pecado narrado en el primer libro de la Biblia, el Génesis; en la parte posterior vemos el fruto del mismo narrado en el último libro de la Biblia, el Apocalipsis).
Y rodeando toda esta trama de pecado y muerte, surgen en las esquinas unas criaturas infernales bajo la iconografía de gárgolas, que se agarran a las ramas y raíces del Arbol de la Ciencia, del Bien y del Mal, poniendo de manifiesto su adhesión a la obra del demonio y que van a representar de manera expresionista ese espacio donde no hay Dios, llamado Infierno. Para ello se presentan empaladas por el vástago de un pebetero donde restalla el fuego, simbolizando el fuego que emana del Infierno. A lo largo del cual se enrosca una serpiente que simboliza la misión que estas criaturas tienen de propagar el pecado por toda la tierra.
Es ahora cuando podemos comprender en su plenitud la función de nuestro titular, ya que si el trono representa el pecado, la muerte y el infierno; la imagen de Cristo que se eleva sobre él representa el Poder de Dios para vencer al pecado, a la muerte e instaurar el Reino Celestial, mostrándonos el camino a seguir: la acepción de la Cruz. Formando todo ello una perfecta simbiosis que obtiene como resultado una gran y enriquecedora catequesis para todo aquel que se acerque a contemplarla.
 

 

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